Matadero s/n

Project name: Matadero s/n
Type of Media: Video, Sound, Graphic, Live Performance
Formats: Digital
Producer: Matadero Madrid
Released: August 19th 2017

 

 

 

Matadero s/n is a multimedia project curated by Lucía Lijtmaer which  unites Lucía, the writer and editor Servando Rocha and myself — the project has its focus on the location of the Matadero Art Center in Madrid, the city’s former slaughterhouse. And more specifically, the main square where most public activities take place. Because of the  particularly rich history of the location, Servando, traced a psycho-greographic map of the space, dividing it in sections.

 

The project was presented in the center, as an installation and an Ex Continent Live performance on August the 19th, 2017.
More info — http://www.mataderomadrid.org/ficha/6895/lucia-lijtmaer-presenta:-matadero-sn.html

Lucía Lijtmaer — Curator, Coordinator
Servando Rocha — Research, Writings
Ex Continent – Art Direction, Graphic Design, Video, Sound, Live Performance

 

Some sound samples used in the Live Set have been extracted from — http://mma.soundreaders.org

 

 

 

 

MAPA PSICOGEOGRÁFICO DE MATADERO
Por Servando Rocha

 

 

 

 

RASTRO

/La expresión «rastro» tiene que ver con los mataderos ubicados en la plaza del General Vara del Rey y la plaza de Cascorro y Ribera de los Curtidores durante los siglos XV y XVI. Cada día, los restos de los animales sacrificados eran arrastrados calle abajo desde el Matadero. Alrededor de los mataderos se solía levantar una pequeña industria, numerosos negocios que se basaban en los desechos, como el de las pieles o las tripas de los animales. En el imaginario colectivo del Madrid de entonces, los Mataderos estaban asociados a la imagen del rastro de sangre en la calle. Existe, además, otra acepción igual de interesante. Algunos historiadores sostienen que «rastro» también se refiera a la denominación de la periferia, las afueras de Madrid, donde no llegaba la ley de la Corte, a sus zonas oscuras, como el mismo Manzanares donde se levantó el actual Matadero. Este rastro es nuestro rastro. No existe historia que sea discontinua. Ese rastro nos va a servir como una pista, un indicio de que algo siempre queda, que el pasado nunca desaparece del todo.

/Tradicionalmente, los mataderos se construían allí donde la ciudad terminaba. Pero siglos antes, la Ribera de Curtidores o la Puerta de Toledo, donde estaban ubicados los dos mataderos más importantes, eran zonas que delimitaban el final de la ciudad y el comienzo de la periferia. Luego la ciudad creció y creció devorándolo todo. Se quedaron obsoletos esos emplazamientos y comenzó a pensarse en otro lugar. ¿Que vería un paseante por el Madrid del XIX? En la Puerta de Toledo un interminable desfile de animales. Allí era el lugar tradicional de acceso para llevar y traer los animales a Madrid. En esta época comienzan a reivindicarse los buenos olores y la salubridad, al menos para las clases ricas. La mentalidad del madrileño cambia: el matadero de la Puerta de Toledo es un foco de inmundicia, un pozo negro. Se piensa en un traslado y la mejor opción aparece justo aquí, en la Dehesa de la Arganzuela, que era donde pastaban los animales. Las objeciones de la época eran pocas: el problema de los desagües se solucionaría vertiendo los desechos al próximo Manzanares.

/Aunque los Mataderos tradicionales en el antiguo Madrid eran los de Puerta de Toledo y Cascorro / Ribera de Curtidores, hubo uno más, y su existencia revela una extraña coincidencia, un dato que nos pone en sobre aviso. En la plaza de Santa Bárbara, durante el reinado de Carlos III, se instaló un matadero y saladero de carne de cerdo. Este matadero fue abandonado tiempo después, pero a mediados del siglo XIX se convirtió en una cárcel que se conoció como el «Saladero», un lugar insalubre, oscuro, un foco de infección y muerte. Uno de sus más ilustres presos fue el bandido Luis Candelas.

/Los rituales usados para descuartizar animales en mataderos fueron usadas como modelo para la masacre de humanos durante el holocausto nazi. Theodoro Adorno, un filósofo judío alemán, exiliado por los nazis, no pudo haberlo dicho mejor: «Auschwitz comienza siempre que alguien mira un matadero y piensa: son sólo animales». Baroja paseando por Matadero, por esa «ciudad productiva», hablando con los matarifes, aquellos que vivían en La Casa del Reloj o La torre (enigmático nombre), como se llamaba en los tiempos en los que servía de hogar a los matarifes de guardia y sus familias.

/En 1933, en plena República, la revista Estampa publicó el reportaje «Los bebedores de sangre en Madrid». Decenas de hombres y mujeres fueron fotografiados sin pudor alguno bebiendo grandes vasos de sangre recién extraída de vacas y toros. «Casi ocultando el rostro, con la cabeza baja —narraba el periodista— por el antiguo paseo del Canal hacia el Puente de Andalucía, caminan a primera hora de la mañana unas mujeres cuyos rostros pálidos destacan en el contraste de los negros vestidos. Dos ancianas las acompañan. Apenas hablan. De vez en cuando rompe la monotonía del silencio una tos débil.

—Son bebedoras de sangre—me dicen confidencialmente.

Ante mi expresión de sorpresa, me añaden:

—No lo dude. Aquí en Madrid hay un buen número de bebedores de sangre. Si quiere podemos verlo. Todas las mañanas, a estas horas, concurren varias personas ansiosas de beber la sangre caliente de animales recién sacrificados…».

El reportaje produjo un gran escándalo, cuando se comprobó la existencia de numerosos «vampiros» en Madrid. Todo sucedía con absoluta normalidad en una de las grandes naves del Matadero. Se toleraba y permitía. Nadie preguntaba nada y, regularmente, una muchedumbre acudía con sus vasos listos para ser llenados. Los matarifes hacían su trabajo, mientras los bebedores de sangre esperaban en fila ordenadamente. «Ha terminado la matanza —continúa diciendo el reportaje que muestra varias estremecedoras fotografías—. No queda una res en pie. Unas sobre otras aún cocean en el suelo resbaladizo y ensangrentado. Los bebedores que presenciaron los sacrificios esperan el momento de recoger la sangre humeante. Todos entregan a los mozos los vasos que al efecto llevan».

 

ABISMO

/Hace poco más de un siglo, en 1907, el arquitecto Luis Bellido recibió el encargo de iniciar el estudio de un nuevo matadero y mercado de ganados municipal. Las instalaciones fueron entrando en funcionamiento paulatinamente entre 1924 y 1925 y permanecieron en uso hasta el cierre del matadero en 1996. Las descripciones de los procedimientos utilizados en el Matadero de Madrid no resultan agradables. Bellido calificó a su creación como una auténtica «ciudad productiva» tomando como modelo los existentes en la Alemania de principios de siglo, antecedentes de atrocidades mucho mayores. Viajó por Europa, visitando los mataderos existentes en distintos países, hasta que comprobó la «eficiencia» alemana. Berlín, Colonia y Desdén. Allí, además, ve algo que le llama la atención: los hornos crematorios, eficaces pero costosos, según él.

/Esto va sobre animales. Animales enjaulados. Mataderos. Esto va sobre animales. Animales feroces. Leones ¿Habéis visto al león? ¿Alguien ha visto al león?¿Alguien sabe que una vez Madrid fue conocida como la ciudad del León? Ciudad del Gran León. El 21 de mayo de 1403, el madrileño Ruy González de Clavijo, por orden del rey Enrique III, lideró una expedición a Samarcanda, capital del imperio Tamerlan. Una vez allí, describió Madrid a su emperador: «El gran León de España, mi señor, tiene una ciudad que se llama Madrid y que está cercada por fuego y fundada sobre agua, a la cual se entra por una puerta cerrada, y hay un tribunal donde los alcaldes son Gatos y los procuradores Escarabajos y por la calle andan los Muertos». Se refiere a la entrada a la ciudad situada en Puerta Cerrada. Allí había una puerta adornada por la imagen de un dragón. Incluso se dice que nadie quería acceder usando aquella entrada pues estaba plagada de bandas de delincuentes y no estaba iluminada. Era sucia y peligrosa. Podemos ver los rastros de aquella historia en el mural que hay al lado y donde puede leerse «Fui sobre agua edificada. Mis muros de fuego son».

/El paisaje que contemplaba Pío Baroja es el mismo que contempló Goya. Prácticamente fue inamovible hasta comienzos del siglo pasado. El Manzanares, oscuridad. Queremos soñar esa imagen. Eso es lo que vería un paseante viniendo desde el centro a esta periferia. Pero de esta periferia hacia el centro, sería algo así, una vez más en boca de Baroja:«Veíase desde allá arriba el campo amarillento, cada vez más sombrío con la proximidad de la noche, y las chimeneas y las casas, perfiladas con dureza en el horizonte. El cielo azul y verde se inyectaba de rojo a ras de tierra, se oscurecía y tomaba colores siniestros, rojos cobrizos, rojos de púrpura»

/Esto va sobre animales. Animales enjaulados. Mataderos. Esto va sobre animales. Animales feroces. Leones. Y mendigos, Y campos de concentración. La Ley de Vagos y Maleantes se aprobó el 8 de agosto de 1933 con el apoyo de todos los grupos parlamentarios. La Gandula, tal y como se llamó popularmente a la disposición, penaba las conductas antisociales y para ello se establecían una serie de categorías de «estado peligroso». La ley podía ser usada para sancionar comportamientos que, sin ser delictivos, eran inconvenientes o mal vistos por la sociedad. La Gandula fue usada a discreción contra individuos que no tenían recursos y que resultaban molestos en ciertas poblaciones, ya que una de las medidas que se incluían era la expulsión de un determinado lugar o la obligación a residir donde el juez decidiese. Así, la Ley de Vagos y Maleantes se convirtió en una ley contra los más desfavorecidos. La ley incluía una mención especial para el tratamiento que se debe dar a todos los condenados por los juzgados creados para este cometido. En el apartado de medidas de seguridad incluye el internamiento en campos de trabajo y de concentración. La Guerra Civil, que dejó el país asolado e instalado en la miseria, no hizo más que agravar el problema. Las calles de Madrid estaban repletas de vagabundos y huérfanos, hambrientos y en malas condiciones de salud. Los problemas para abastecer a la población madrileña llegaron hasta tal punto que Auxilio Social llevó a cabo en 1941 una recogida masiva de mendigos para repartirlos por sus ciudades de origen. Para ello se habilitaron algunas naves del gigantesco Matadero, donde los vagabundos fueron clasificados por edad, sexo, estado de salud y puntos de procedencia geográfica, y tras recibir un conjunto básico de ropa y zapatos se marcharon en sucesivas expediciones.

/Este es el Madrid de los desheredados, del hampa, de los empobrecidos. Una vez más, Pío Baroja nos acompaña en nuestro paseo. Abajo, más abajo: «…Madrid está rodeado de suburbios, en donde viven peor que en el fondo de África un mundo de mendigos, de miserables, de gente abandonada. ¿Quién se ocupa de ellos? Nadie, absolutamente nadie. Yo he paseado de noche por las Injurias y las Cambroneras, he alternado con la golfería de las tabernas de las Peñuelas y los merenderos de los Cuatro Caminos y de la carretera de Andalucía. He visto mujeres amontonadas en las cuevas del Gobierno Civil y hombres echados desnudos al calabozo. He visto golfos andrajosos salir gateando de las cuevas del cerrillo de San Blas y les he contemplado cómo devoraban gatos muertos. …Y no he visto a nadie que se ocupara en serio de tanta tristeza, de tanta laceria…»

 

 

 

 

LUZ

/Aquí, en este final fallido de la ciudad, entre los colores rojizos y de plomo, el polvo acumulado y los reflejos brillantes del río, la ciudad toma un nuevo impulso. Ya no hay legiones de lavanderas con sus trapos agitados al viento que tanto fascinaron a un Arturo Barea cuando apenas era niño: «Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero».

/El Manzanares en boca de propios y extraños, como lo describió John Dos Passos en Rocinante vuelve al camino: «Desde la ribera opuesta del Manzanares, un mermado arroyo que corre casi oculto por los tendederos donde flotan las ropas interiores de todo Madrid, puede uno, desde algunos sitios, ver aún la silueta de la ciudad tal como Goya la dibujó repetidas veces: montones de casas desconchadas sobre una colina chata hacia San Francisco el Grande; más allá, la ondulante línea del cielo con cúpulas y campanarios barrocos, irguiéndose entre las súbitas luces y sombras de las nubes».

/Rendida la ribera del Manzanares al río de su mismo nombre, ese que hace siglos alguien soñó convertirlo en navegable. Aún así, a pesar de la sorna que provocó este río poco caudaloso en escritores y viajeros, a mediados del siglo pasado estaba sembrado de playas improvisadas y piscinas con bellísimos diseños. Así es este río, caprichoso y sorprendente. Así es una ciudad de luz y oscuridad que incita al ensueño, a la fantasmagoría. Pequeñas islas que iban y venían. En el plano de Pedro Teixeira (1656) se cuentan hasta seis islas a lo largo de este. Lo que vemos ahora es la crónica de una desaparición, un desaire a la mirada actual.

OSCURIDAD

/Las anomalías, las interrupciones los incidentes. Los animales entraban a las naves del Matadero ordenadamente. A lo lejos podían verse a los matarifes y escucharse los sonidos mecánicos y metalizados. En medio de esa proximidad del animal con su fatalidad, algo sucedió. Una mañana de enero de 1928, un toro en compañía de una vaca decide apartarse del rebaño. Entonces, huyen, libres calle arriba, desbocados. El animal subió por el puente de Segovia y entró en el paseo de la Virgen del Puerto, provocando la alarma entre los transeúntes que a las ocho de la mañana circulaban por la vía. No obstante los esfuerzos del vaquero que trataba de detener a las reses, éstas llegaron a la cuesta de San Vicente y entraron en la plaza de España. Una vez allí, se impuso el caos. Al paso del toro y de la vaca se cerraban los comercios y los portales, se levantaban apresuradamente los puestos ambulantes y aceleraba el paso los vehículos. De la plaza de España pasó el toro, seguido de su fiel compañera, a la del Conde de Toreno, y de ésta a la calle de Leganitos, corneando a vecinos que huían hasta los portales y las tiendas para evitar las embestidas. Desde la calle de Leganitos se trasladaron el toro y la vaca a la Corredera Alta de San Pablo, donde hicieron su entrada cuando más concurrido era el mercado. Al ocurrir estos sucesos pasaba por la Gran Vía el popular matador de toros Diego Mazquiarán, alias «Fortuna», que se dirigía acompañando a su esposa a la casa de los padres de ésta. Al advertir lo que ocurría hizo retirar a su esposa y, quitándose el abrigo, se dirigió al animal y le dio algunos lances. Del Casino Militar enviaron a Fortuna un sable para que matara al toro; pero como el arma no era útil al diestro, éste envió a un muchacho en un automóvil a la calle donde tiene su domicilio, para que le dieran un estoque. Al llegar el muchacho con el arma fue recibido con estruendosa ovación, que fue aún mayor cuando el matador acabó con el toro. «Fortuna», en pie al lado de la res muerta saluda conmovido ante la imponente ovación. Entonces varios hombres del público lo levantan en hombros y le trasladan hasta un café de la calle Alcalá. El toro fue cargado en un carro y cubierto por una tela embreada para ser trasladado al Matadero.

/¿Que hubiera visto ese toro en su frenética huída? ¿Cómo era ese Madrid de entonces? No estamos solos en este paseo. Ya ha salido su nombre: Pío Baroja. El toro junto a la vaca huyen y corren calle arriba. Lo que contemplan es que están pasando de las afueras hacia el centro. Aún no han llegado al centro, pero dentro de poco lo harán. Y lo que hacen es pasar de la oscuridad a la luz. ¿Cómo lo describe Baroja en La Busca?: «El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios próximos al Manzanares, se halla sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz frente al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro; vida africana, de aduar, en los suburbios».

/Hay una memoria incómoda y casi secreta. Un recuerdo que se cuenta entre susurros. En las riberas del Manzanares, durante la Guerra Civil, fueron fusilados decenas de milicianos con la capital ya en manos fascistas. Hay quien cuenta que eran tan frecuentes las ejecuciones que algunos vecinos salían con sillas y se sentaban a presenciar el horroroso espectáculo.

/Este fue el Madrid de Baroja, una ciudad dominada por tonos oscuros asociados con el deterioro: «montón negruzco de tejados». En otra ocasión: «tenía el pueblo, vislumbrado en la oscuridad de una noche vagamente estrellada, la apariencia de grande y fantástica ciudad muerta». Es la vida del golfo, esa infancia abandonada que es la semilla de la futura criminalidad. Es la vida del pilluelo o el descuidero en retratos donde hay compasión pero también una tristeza infinita. Podemos atravesar Madrid de la mano de El Bizco, uno de ellos, «torpemente, rellenando sus frases con barbaridades y blasfemias» y tatuados todos sus brazos con «cruces, estrellas y nombres». Este lugar fue el final y también el principio de algo. Aquello que se resiste a desaparecer, que se aferra a una prolongación de la vida y de la urbe, que es oscuridad pero también luz. Y así será.